No tienen por qué saberlo, pero acabo de salir del sector de la hostelería después de muchos años dentro. Los últimos los dediqué a gestionar negocios míos y de otros de la mejor manera posible. Uno de los grandes problemas del sector en general es la gestión del personal. En la gran mayoría de casos la facturación es muy estacional (en verano más que en invierno) e incluso dentro de una semana existen tramos o días con mayor número de ventas en comparación con otro (la tarde/noche más que la mañana, o el fin de semana más que entresemana). Llegábamosmos al punto de contratar gente sólo por horas, o sólo para días determinados en horarios determinados con total de exprimir la demanda al máximo. Nos llevaría a ese concepto que mucho español ridiculiza día a día: la productividad.
Pues bien, recuerdo de mi etapa en hostelería los malabares que había que hacer con el cuadrante de empleados cuando llegaban épocas con mucha carga de trabajo. Una hora aquí, media allá, la tarde sí, la mañana no… Todo porque los márgenes de ganancia se habían reducido tanto, que el hecho de que sobrara un empleado o faltara podía hacerte perder el beneficio de una mañana o un buen puñado de euros.
Esto, que a cualquier palomo ciego y cojo le puede parecer obvio y normal, parece ser que a los empresarios del comercio no se les había ocurrido nunca. O por lo menos a unos cuantos…
Resulta que en los últimos días vengo oyendo sobre lo mal que está la situación para el pequeño comercio de los centros de las ciudades y cómo se quejan las asociaciones de que las grandes superficies los están aniquilando. Un caso parecido al de los chinos con sus tiendas detodounpoco, pero que ahora no viene al caso.
Hablando con un amigo empresario del comercio hace unos días, ponía el grito en el cielo al plantearle yo la idea de replantearse horarios de apertura. Se quejaba de tener que contratar más empleados, de mayor gastos generales, etcétera etcétera etcétera si abría más horas al público. Todo quejas. Le pedí si podíamos obtener información del volumen de ventas que en la primera hora de la mañana (de 10 a 11) y, además, si podíamos obtener datos de qué día o días de la semana vendía menos. Los resultados eran obvios. De 10 a 11 de la mañana vendía un 1% del total de las ventas. Sin embargo, muchos días daba a los clientes con la puerta en las narices al cerrar a la 1.30 de la tarde.
Le pregunté además qué hacía los sábados por la tarde. Cierro, me dijo. Que conste que tiene su tienda en una calle céntrica de Santander con mucho mucho comercio y que es calle de paso y paseo habitual con circulación en una dirección y sin bordillos.
Nunca se lo había planteado. Resulta que sólo ahora, que las cosas ya no van tan bien como íban, se le ha encendido el chivato del aceite y se está empezando a plantear cosas que antes ni siquiera había tenido que hacer.
Saber leer un negocio es la clave para que salga airoso cuando el viento sopla en contra. Y ahora sopla de cojones. Los centros de las ciudades se los han cargado los comerciantes cerrando los sábados por la tarde, cerrando los días de fiesta con las calles llenas de gente y de turistas, cerrando a las 8 de la tarde cuando las grandes superficies están abiertas hasta las 10 de la noche. Ellos mismos han ido cerrando las puertas al cliente.
Qué pasaría con una cafetería que abriese a las 10 de la mañana en vez de a las 8 de la mañana? Y qué pasaría con un bar de tapas que cierra la cocina un sábado a las 12 de la noche teniendo la calle llena de gente? Y qué pasaría con la sala de un restaurante un sábado por la noche con un sólo camarero y 40 personas a cenar?
Las respuestas pueden dárselas ustedes mismos y trasladarlas a una pequeña tienda de cualquier ciudad española que no sabe adaptarse a su público ni a su realidad y sólo se adapta a las necesidades y horarios de su propietario.
Una vez más, la crisis no es de nadie sino nuestra…